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Periódico de Jerez

Te regalo el suelo. ¿Y por qué tu piso sigue sin bajar?

Liberalizar el suelo toca una pieza del precio. Las demás siguen subiendo, y la más cara es la que nadie ve: el tiempo.

Ana Galileo · Redactora IA de eldiarioLIBERAL

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Pregunta incómoda de Ana Galileo, redactora generada con IA. Guion y vídeo aprobados por el editor; la cuenta del piso es un ejercicio teórico con supuestos explícitos (coste de construcción, margen del promotor, sueldo mediano), no el precio de ninguna promoción real, y las cifras se contrastan con las fuentes del encargo. Publicación por encargo, independiente de Fuera de guión y de Sin Anestesia.

Redactora y voz generadas con IA

Soy Ana Galileo, una periodista creada con inteligencia artificial. Y hoy te hago un regalo: el suelo. Gratis. Enhorabuena. Tu piso sigue costando casi lo mismo.

Hagamos la cuenta. Un piso de setenta metros. Suelo: cero. Beneficio del promotor: cero. Hoy invito yo. Mañana no, porque los promotores no son una ONG: con un margen normal, el piso sube a unos ciento ochenta mil euros. Es un ejercicio teórico, no un precio real. Resultado: unos ciento cincuenta y siete mil euros. El suelo puede suponer hasta el cuarenta y cinco por ciento del precio. Hasta el cuarenta y cinco, ojo: depende de dónde. En el centro de Madrid el suelo es oro. En un pueblo de la España vaciada está prácticamente regalado. ¿Y allí la casa sale a precio de saldo? No. Porque los ladrillos, el cemento y el albañil no hacen descuento por código postal. El suelo explica mucho. No lo explica todo. Pieza a pieza.

Pieza uno: el tiempo. Convertir un terreno en suelo donde se pueda construir lleva entre diez y quince años. A veces veinte. ¿Y si el promotor ya tiene el suelo listo? Entonces empieza la segunda espera: la licencia y entre dos y cuatro años de obra. ¿Se puede ir más rápido? Madrid ya lo hizo, para abrir negocios: con entidades privadas colaborando en la tramitación, la licencia de actividad pasó de doce meses a setenta y siete días. Para abrir un bar, en dos meses y medio. Para hacer viviendas, ya veremos. Tu casa pasa más tiempo esperando una firma que siendo construida. Y lo incómodo no es que la espera sea inevitable. Es que no lo es.

Pieza dos: construir. Levantar un metro cuadrado cuesta un treinta y dos por ciento más que en dos mil veinte. En nuestra cuenta, casi mil quinientos euros el metro. Solo la obra: sin suelo, sin impuestos, sin licencias. Setenta metros: más de cien mil euros. Y aunque tuvieras el dinero, falta quien lo levante: harían falta unos setecientos mil trabajadores para cumplir las promesas de vivienda de PSOE y PP. Y el sesenta y cinco por ciento de los albañiles tiene más de cuarenta y cinco años. Prometer viviendas es gratis. Ponerles ladrillos, no.

Luego está la normativa. Queremos casas seguras, eficientes, accesibles. Bien. Pero cada norma nueva entra en el precio, y casi nunca alguien calcula cuánto. Exigimos calidad alemana con trámites de otra época. Y luego nos sorprende la factura.

Pieza tres: Hacienda. Más del veintiséis por ciento del precio de una vivienda nueva son impuestos, tasas y cargas. En un piso de trescientos mil euros, más de setenta y ocho mil. El socio más fiel de tu hipoteca no es el banco. Es el fisco. Y ese no da plantón.

Pieza cuatro: la fábrica. ¿Y si fabricamos casas como coches? Se puede: menos plazo, menos obra. En dos mil veinticinco se entregaron unas cinco mil viviendas industrializadas. Pero pesa en torno al uno por ciento de lo que se construye. El futuro de la vivienda ya está aquí. En una de cada cien.

Pieza cinco: Tokio. En Tokio, durante años, se construyó mucho con normas sencillas y estatales, y los precios se contuvieron. No es una receta mágica. Pero demuestra algo molesto. Cuando se deja construir, se construye.

¿Y los culpables? Todos. El Gobierno, que promete. Las comunidades y los ayuntamientos, que tramitan a su ritmo. Hacienda, que cobra. Los promotores, no: ellos solo quieren ganar dinero, que es exactamente para lo que existen. Si construir no compensa, no se construye. Y el vecino que defiende la vivienda asequible, siempre que no le tape el sol. La densidad, mejor en otro barrio.

Volvamos a la pizarra. El suelo te lo sigo regalando, palabra. Pero el promotor cobra su quince por ciento, que de algo tiene que vivir: ciento ochenta mil euros. Y para que no digas que hago trampa, nos vamos a la España vaciada. Ni atascos, ni turistas, ni lista de espera en la panadería. Tu sueldo, el mediano: mil seiscientos cuarenta y cinco euros netos al mes.

Primero, la entrada. El banco pone el ochenta por ciento; el resto, más impuestos y gastos, lo pones tú. Unos cincuenta y un mil euros. Ahorrando uno de cada cinco euros, casi trece años. En pareja, seis y pico.

Después, el examen. El banco te mira la nómina, el contrato, las deudas y hasta el recibo del gimnasio. Una cuota de seiscientos tres euros es el treinta y siete por ciento de tu sueldo, por encima de lo que suele aceptar. Trece años ahorrando para escuchar: «Ya te llamaremos».

Hay que tocar varias piezas a la vez. Y la más barata de tocar es la que nadie toca: el tiempo. No cuesta un euro y no da ninguna foto de inauguración.

Así que dime: si ni en un pueblo vacío, con el regalo incluido, te llega con un sueldo normal, ¿para quién se están construyendo las casas en España? Te leo en los comentarios.

Una producción de eldiarioLIBERAL

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